Quienes construyen el mundo de lo posible conocen el orden exacto en que todo ha de suceder para que todo siga en sus manos. Así, los poderes públicos, la industria de la discapacidad y los ejércitos de profesionales del minusvalidismo siempre establecieron que la sexualidad debía esperar. No era tan importante, más bien fuente de problemas y frustración. Y lo creímos, porque pensábamos en su sexualidad, una sexualidad estrecha, reducida a prácticas sexuales y éstas a la monótona coreografía del porno, todo ello encarnado en unos cuerpos muy determinados.

Pero hemos dicho ¡basta!, queremos estar en la sexualidad no para intentar encajar en esa realidad tan pobre, sino para transformarla. Igual que ha ocurrido en otros ámbitos (educación, urbanismo, arquitectura, transporte…), incluir la diversidad funcional enriquecerá la sexualidad, la hará mejor para todo el mundo. Porque necesariamente será una sexualidad para la que cualquier corporalidad es bienvenida, donde las prácticas sexuales no se limitarán a la genitalidad, donde las dimensiones lúdicas y de comunicación ganarán relevancia. Si follamos todas, follamos mejor.

Visibilizarnos como seres sexuados y sexuales, como cuerpos deseables y deseantes, hará más difícil mantener esa mirada infantilizadora que pesa sobre nosotras y que, además de distorsionar los vínculos interpersonales de todo tipo, invita a tratarnos como niños. Es decir, a priorizar la “protección” sobre la libertad personal, incluso recluyéndonos en instituciones o aceptando la esclavización de la familia. El vernos como niños hace que las situaciones de dependencia parezcan “naturales”, porque los niños son dependientes por naturaleza. Librarnos de esa mirada infantilizadora hará evidente que esas situaciones de dependencia no son naturales, sino una cuestión política. Por eso, sexualizar la diversidad funcional es una via para politizarla.

Y, por cierto, vamos a hacerlo ya, estamos haciéndolo ya, porque nada es más importante. Porque sin sexualidad, sin una vivencia cotidiana del deseo y del placer, con todo lo que ello supone en cuanto a la relación con el propio cuerpo y con las demás, las ideas de intimidad y libertad quedan en buena parte vacías de contenido real. El deseo de vivir con intimidad y con libertad es el motor fundamental para querer tener una vida propia, una vida independiente. Sin deseo, no hay nada. El problema más grave que tenemos no es cómo gestionar los apoyos necesarios para que los miles de personas con diversidad funcional que queremos hacer vida independiente podamos ejercer ese derecho, sino qué hacemos para que los millones de personas con diversidad funcional que tienen derecho a esos apoyos para una vida independiente los reclamen con toda la contundencia que se deriva del querer vivir.


Tema de la intervención de Antonio Centeno en el Congreso.